“No sé por cuanto tiempo practiqué la pose.
Mientras pensaba que podían llegar en cualquier momento, ellas aparecieron frente a mi. Y la verdad es que casi ni miré a Minah, quizás porque lo único que podía hacer era sonreírle a Kazuki (siempre manteniendo la postura que pensé que me quedaba mejor). Ella caminaba directo hacia mí, desviando regularmente la mirada entre los autos, la gente y yo, pero traía una sonrisa pícara en el rostro; una sonrisa de niña a punto de cometer una maldad y eso me encantaba.
Esa noche no pude dejar de mirarla. Su boca al reírse, su gesto serio al hablar, su postura; toda ella era hermosa. Minah parecía no darse cuenta o era excelente disimulando.
En cierto momento de la noche y a causa de una broma, Zaki me dijo juguetonamente “tonto” y en ese momento mi cabeza explotó, porque me dí cuenta que tenía razón. Era un tonto -y aún hoy lo sigo siendo-.
- Si, soy un tonto.- respondí.
- ¿Por qué?- preguntó con interés y una mirada rara.
- Porque soy un tonto.- dije simplemente y ella no volvió a preguntar.
Caminamos un par de cuadras los tres y por poco caballero que suene, ellas me estaban acompañando a tomar el bus de regreso a casa.
Al llegar a la parada, aprovechando que Minah cuidaba por si venía el colectivo y Zaki me abrazaba para despedirse, la besé. Y lo hice con todo el temor y la certeza de recibir un golpe bien merecido, pero ella sólo se abrazo mas a mí y se dejó besar. Muy de vez en cuando se dejaba ver así de frágil, pero yo no supe darme cuenta de ello en ese momento.
Desde esa noche, no pude dejar de pensar en ella, incluso al estar con mi novia. Comencé a creer que podría tenerlas a las dos, realmente deseaba creer que podía. En todo caso nunca en mi vida he estado más equivocado que en ese momento.”